Señor Jesucristo, Cabeza de tu Iglesia, guárdanos de edificar en torno a nuestra propia importancia. Danos tu verdad apostólica, tu misericordia sin negación, tu autoridad como servicio y tu valor para proteger a las personas cuando protegerlas nos cueste. Envía tu Espíritu para hacer que la Escritura viva en la obediencia, que la oración sea sincera, que el bautismo y la Mesa sean comunión verdadera, que el oficio rinda cuentas, que el dinero sea limpio, que los hogares estén guardados, que el sufrimiento sea acompañado y que el testimonio sea claro. Enséñanos a comenzar solo lo que podamos recibir fielmente, a reparar lo que corrompamos, a soltar lo que pertenece a otros y a cerrar lo que ya no sirva a tu cuerpo. Reúne un pueblo que te ame, diga la verdad, lleve las cargas los unos de los otros y espere la resurrección de los muertos y la vida del mundo venidero. Amén.
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